24 de junio de 2013

Tiempos de silencio y piedra . Américo Pablo Tissera


Américo Pablo Tissera nació en Carrilobo en 1944.

Es profesor en Castellano y Literatura y profesor en Historia y Geografía.
Publicó junto a Julio Arnauk "Retazos de recuerdos de Carrilobo"; participó con relatos en "Historias Populares de Carrilobo" dirigida por la Doctora Claudia Ambrogio y es autor de "Calchines, ranchos y gauchos" (2007), "Lanzas rabiosas" (2008) declara de interés municipal por el Concejo Deliberante de Villa Nueva, "Chispazos de fogones" (2010) y “Los cuatreros del brigadier” (2012) fueron declarados de interés municipal por el Concejo Deliberante de Villa María.
Representó al Centro de Jubilados y Pensionados de Carrilobo en los Juegos Nacionales Evita 2011. Se hizo acreedor del primer puesto a nivel regional y provincial en el género narrativo. Obtuvo también el primer puesto a nivel regional (Las Varillas) en los Juegos Nacionales Evita en 2012.
Ese mismo año obtuvo el primer puesto en el Concurso Internacional de Narrativa organizado por El Mensú Ediciones.






El tiempo no perdona y en su fluir constante, inexorable y fatal va carcomiendo sin piedad el arcón de los recuerdos. Lo que hoy vivimos como un presente inamovible pasa de inmediato a formar parte del álbum de los hechos pasados. De allí, solo podemos extraer algunas migajas, aquellas más relevantes, para con ellas plasmar en un relato, algún episodio del devenir histórico.
Los presentes relatos están inspirados en sucesos reales. Decir, “inspirados”, significa que están lejos de ser una crónica histórica o un informe policial, sino que se trata de la creación de cuentos con sólidas raíces en la realidad. Algunos nombres han sido, deliberadamente cambiados como así también algunos hechos ligeramente tergiversados en beneficio del aspecto literario. 




TARDE DE FÚTBOL
I
Carrilobo, agosto 17 de 195...

—¡Goool, Goool, Goool….! -el griterío le llegaba, sacudiendo la modorra de la tarde, entre un zumbido de exclamaciones de entusiasmo y raleados bocinazos, que se apagaban en la lejanía, como un bostezo bajo una almohada.
La tarde se presentaba dulce y apacible. Carlos Sandrone castigó los caballos de su jardinera, que se pusieron en movimiento, sacudiendo el carruaje, que respondía con quejidos de maderas flojas y golpeteo de cadenas. Si bien el pueblo estaba de fiesta, para él era un día más. Tenía que cumplir con la rutina de sus tareas rurales. Así, al rato de traquetear en medio de una nube de tierra, las primeras casas del pueblo, ya le dejaban ver su silueta entre las arboledas cercanas. A su derecha, podía verse, en las instalaciones
del Club, cómo se dirimía un partido. Un público multicolor rodeaba la cancha. Entre la multitud asomaba
un camión, algo más allá, emergían los altavoces adosados sobre la capota del coche del responsable de la publicidad y mezclado con el gentío alguno que otro auto, de donde partían los bocinazos en apoyo del equipo de su preferencia. Un poco más allá, bajo los árboles, sulkys y vagonetas se distribuían, raleados, alrededor del campo deportivo. Hizo chasquear las riendas sobre el lomo de las bestias para que apresuraran el paso. Entró y siguió por la avenida Mitre. Era la manera más fácil de acortar camino.
No se veía nadie en la calle. "La mayoría de la gente está en la cancha”- pensó. Los árboles que bordeaban la calle, estaban unidos por la parte superior del tronco, por un piolín de donde pendían gallardetes con los colores vaticanos y argentinos que se hamacaban empujados por la brisa del sur. Los cascos de los caballos retumbaron en la acústica del silencio al entrar en la calle vacía.
—¡Goool! ¡Gool!... ¡Gool!... El griterío hizo eco en los galpones del ferrocarril, ganó altura y pareció multiplicarse en la paz de la tarde, para apagarse en una suerte de ronroneo.


II
El hombre escuchó así como en la lejanía, esas voces que lo devolvían a la realidad. Sentía su cuerpo bañado de sudor y tuvo la sensación de estar viviendo una pesadilla. Una caricia de la brisa le onduló el perramus, con el fresco alivio que puede brindar una gota de agua sobre una hoguera. En su mano derecha el revólver, todavía humeante le hizo sentir el penetrante olor a pólvora. Se vio solo entre los rieles de los dos pasos niveles. “Todo terminó”-pensó, al momento en que una cosa negra y oscura le cubría la conciencia y hacía rodar su entendimiento al abismo sin fondo de la locura. Vio el cuerpo de su amigo, estirado en la mitad de la calle con la cabeza destrozada por el balazo “No puede ser… no puede ser”. Todo ocurrió cuando Luis intentó arrebatarle el arma. Cayeron al suelo, y en el momento caliente de la lucha, sintió que la sangre le hervía de impotencia. Entonces, casi sin pensarlo oprimió el gatillo. La detonación retumbó, multiplicada por el eco, en los galpones del Ferrocarril despegando a Luis que, salpicando de rojo el entorno, apenas abrió los brazos antes de caer al suelo. Entonces le vino una especie de oscuridad en su mente. Disparó una y otra vez. Las detonaciones resonaron como martillazos en el duro yunque de la desesperación. Una suerte de ceguera le ganó la conciencia. Su mundo se derrumbaba. Hacía unos minutos, sólo unos minutos que le pareció estar en el mejor de los mundos. Gracias a la intervención de Luis y su mujer había podido limar las asperezas con su esposa, volver a reunir su familia de la que estaba distanciado. El almuerzo había transcurrido tranquilo en la paz hogareña de ese sastre amigo, que ponía lo mejor de sí mismo para amigarlos. Todo marchaba sobre ruedas. Bebieron un café de sobremesa y ya de pie se puso el perramus sobre su traje color café para despedirse hasta la noche. Ya en la puerta de calle, sobre la vereda, vinieron los saludos, las frases amables, algunas bromas… “hasta luego, nos vemos esta noche en el baile” y él salió en compañía de su mujer. Yayo, el más chico de sus hijos, llanto mediante, consiguió que la madre lo cargara en los brazos. Las dos nenas marchaban adelante. Cruzaron la calle, en dirección al primer paso nivel. A raíz de una frase desafortunada, surgió de nuevo la diferencia. Se detuvieron. Una palabra ofensiva, otra que viene de vuelta. Y la discusión fue subiendo de tono. “Cállate” – y para amedrentarla sacó un revólver y la amenazó. “Que no me callo… callate vos…que querés hacer con ese revólver… dejá de hacer papelones…” las palabras fueron subiendo de tono. Luis desde la puerta de su casa veía con preocupación el desarrollo de los hechos. Entonces decide intervenir. Corre para arrebatarle el arma. Quizás eso le cegó el entendimiento. Luis alcanza a sujetarle la muñeca con el arma con la intención de quitársela. Forcejeos. Lucha. Ruedan por el suelo. El disparo. Otro, otro, otro y otro. La tarde se despedazaba a golpes. El hombre, fatigado, se sentó en el cordón de la vereda. En el segundo paso nivel el viento sacudía el vestido de su mujer que yacía estirada, en un charco de sangre, al lado de las vías con el niñito en brazos. Las nenas, desesperadas de miedo, huyen en dirección a la esquina próxima. Y el silencio que se desgarra en jirones
en los gritos de la esposa de Luis, que con un balde de agua, trata de reanimar, en vano, a su marido. Son gritos agudos, taladrantes, que resuenan en la caja de resonancia de los galpones del ferrocarril, y lo devuelven al oscuro abismo de la locura. El hombre se siente como dentro de un pozo. El tiempo parece detenerse. Escucha el ruido de un carruaje que se acerca. Debe estar entrado en el pueblo. Unos vecinos soñolientos se asoman, curiosos, a la puerta. Y la tarde que declina, dolorosa de muerte. Y allá a lo lejos
se escucha.
—¡Goool! ¡Goool! ¡Goool! –escucha rodar en la tarde ese griterío, lejano e indiferente, que lo devuelve por un instante a la realidad. Examinó el tambor del arma. Todas las balas picadas. Arrojó las vainas al suelo. Tanteó en el bolsillo de su traje. Sacó otras y automáticamente recargó el arma. Se sintió como un trapo, tirado en el piso. Y el ruido del carruaje que se acercaba. El grito entusiasta de la gente en esa tarde de fútbol. ¿Estará ganando Carrilobo? Quizás lo pensó como al descuido. Siente la desesperación caer como gotas de ácido en su corazón. No quería esto. La ira y la impotencia lo habían cegado… él no era así. Se puso loco….y siente que su razón rueda otra vez en el oscuro pozo de la inconsciencia. Por unos segundos, vuelve a la realidad. Se siente como atrapado en una pesadilla de la que quiere escapar. Escucha el ruido de los caballos de una jardinera que, según puede adivinarse, debe estar pasando frente al Hotel Badori. Unos segundos más llegará, a la esquina, frente a la estación de Servicio de los Bessone. Todo queda en una especie de silencio. Quizás entre los ligustrines que bordean el predio ferroviario, habrá visto, un minuto antes, cerrarse las puertas del bar de don Nepotte, al lado de la Estación de Servicio, tras la entrada precipitada de las niñas. Entonces apoyó el cañón del arma en la sien. Habrá sentido la fría presión circular del revólver… y quizás, desde la lejanía le haya llegado una última migaja del mundo real, mezclada al traqueteo insolente de una jardinera que ya alcanzaba la esquina: ¡goool!... ¡goool!... ¡goool! –el griterío se derramaba en la tarde para quedar vibrando, por unos segundos más, en el oscuro diapasón del eco.
Y sin esperar más apretó el gatillo.


Fuentes: testimonios orales.




Tissera, Américo Pablo
Tiempos de silencio y piedra / Américo Pablo Tissera ; con prólogo de Darío Falconi. - 1a ed. - Villa María: El Mensú Ediciones, 2013. 130 p. ;21x14 cm. - (En la atmósfera; 10) ISBN 978-987-1894-12-3. 1. Narrativa Argentina. I. Falconi, Darío, prolog. II. Título CDD A863



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