3 de abril de 2012

Ana Flores. Carlos Santunione



Carlos Eugenio Santunione
Nació en la Capital Federal de la República Argentina.

Se radicó en Villa María donde vive hasta la actualidad.
Su libros están dedicados a la poesía y narrativa: “Mirasoles” (poesía, marzo 2004), “Canto al Tercero” (poesía, marzo, 2007), “La gringa” (novela, marzo, 2009), “La cautiva” (novela, junio, 2009), “La compañía” (novela, diciembre, 2009), “Portales de rimas y poesías” (poesías, diciembre, 2009). "Ana Flores" fue su última novela que terminó de imprimirse días después de su muerte.




(Fragmento)

—Oiga. Mire hacia la otra ventanilla. Por favor, mire.
Había oído un golpe en la chapa de la puerta, como un puñetazo. Le hablaba un motociclista cuyas facciones de cara no veía por estar resguardada su identidad con un colorido casco blanco con listones rojos y azules. Miró hacia la otra ventanilla. Vio a otro motociclista también con casco, que le apuntaba con una pistola. Lo estaban asaltando mientras su coche estaba detenido en plena avenida Lugones. Él hablaba por teléfono celular con su oficina, haciendo saber del embotellamiento en que se encontraba y el consiguiente atraso de su arribo. Estaba en el horario justo de una entrevista lograda con alguna dificultad.
—Deme su celular y su billetera. Rápido.
—Corto. Me están asaltando.
Cerró el teléfono y llevó su mano derecha hacia el dorso de su postura, dejando entrever la intención de buscar su billetera en el bolsillo posterior de su pantalón, pero al llegar la mano a su destino encontró lo que buscaba: su pistolera ubicada junto al gancho de encaje del cinturón de seguridad. Retiró el arma con la seguridad de que estaba cargada y sin seguro, como mal acostumbraba. Ubicó el dedo en el agujero protector del gatillo y comenzó a retirar el arma, sintiendo el frió contacto de la lengüeta metálica del accionador del disparo. Fue tan solo un segundo. El arma salió de su resguardo girando hacia la ventanilla del acompañante y oprimió el percutor. Una violenta estampida multiplicada por el ambiente cerrado, se oyó. En el marco de una sutil nubecilla de humo advirtió que el motociclista amenazante se trastabillaba. El de su lado emprendió una rápida fuga. En el automóvil lateral la cara de una sorprendida mujer observaba. 
Desprendió el cinto que lo ceñía y bajo del vehículo empuñando el arma. Del otro lado el motociclista restableció su equilibrio y se lanzó a toda velocidad por el pasadizo que le dejaban los autos detenidos hacia adelante. En el lugar donde este había estado detenido había un trozo de plástico blanco, resultado del impacto de la bala y un revólver caído y abandonado. Era un arma del calibre 22 corto —casi un juguete— que por los orificios del tambor asomaban brillando las puntas broncíneas de las balas.
Parado, apoyó el brazo armado en el capot de su auto para respirar con profundidad y expirar todo el aire acumulado por su natural nerviosismo. Repitió el ejercicio respiratorio, ahora más profundo, expulsando el aire con resolución serenante. Había pasado todo en una compacta fracción de minuto. Sacó de su bolsillo posterior un pañuelo y con el levantó el arma caída. Retornó hacia la puerta de su cabina abierta y encontró su celular caído en el piso por motivo de su apresurado actuar. Depositó el revólver en el asiento del acompañante y con la misma mano lo levantó. En el automóvil lateral bajaron el vidrio de la ventanilla y la mujer retrotrajo la cabeza para permitir a su marido expresarse. 
—¿Qué me cuenta? Pero salió todo bien, ¿cierto? Si no hay problema desde los otros autos, yo no he visto nada. Ni tampoco oído. Lo felicito por su temple. Se escaparon. Nadie va a entender lo que pasó, si tan solo van disparando entre las filas de esta congestión. 
El conductor del auto trasero se había bajado y escuchando al otro, afirmó: 
—Yo creo que es mejor no haber visto ni oído nada. Si no, vamos a pasar todo el día por declaraciones a la policía. Yo también lo felicito, amigo. Valga todo por el susto que se llevaron. 
Nadie más intervino. Una estampida entre el fragor de las aceleradas de los motores de dos motocicletas. Si alguien vio u oyó algo, razonaron como el automovilista y circunstancial testigo. Nadie estaba para meterse en un lío al pedo. 



Datos del libro:
Ana Flores, por Carlos Eugenio Santunione, 1a ed., Villa María, El mensú ediciones, 2011, 162 p.; 21x15 cm, (En la atmósfera; 3). ISBN 978—987—26641—4—5.



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